jueves, 4 de abril de 2013

De camiones de basura.

 
 
4 de abril cumpleaños de Margarite Duras.


Cuando el parloteo de Mme. Dodin y de Gaston cesa, hacia las seis y media, le releva el zumbido del camión de la basura que se entra por la Rue Sainte-Eulile. Todas las mañanas viene a esa misma hora, todas las mañanas, todos los días del año. La mayoría de las veces estamos durmiendo y no le oímos, pero cuando se le oye uno sabe que pasa diariamente.  Porque se oye como un ruido necesario de todos los días, como algo orgánico de todas las vidas, pero que, a causa del hundimiento de todas las cosas en los arenales de la costumbre, generalmente le pasa a uno por alto. Es lo mismo que a veces ocurre con el corazón.   Y también, a veces, con el tren, con ocasión de un viaje o una gira campestre.  Pasa una locomotora, y henos de pronto trasladados al universo de las locomotoras que pasan.  Y uno se acuerda de que existen millares de otras locomotoras por el mundo, que pasan por alguna parte, de la misma manera, para otras personas distintas de uno.  Y uno se encuentra en el mundo de las locomotoras de toda la tierra, en ese mundo tan lleno de locomotoras que, en millares de direcciones, corren arrastrando vagones llenos de contemporáneos que van de un lugar a otro, viajando.  Lo mismo sucede con el camión de la basura.  El camión me transporta al mundo de los cubos de basura de mi mundo;  de esos cubos llenos de peladuras y de residuos de mis contemporáneos que viven y comen, comen, para conservarse y durar, durar lo más que puedan, y digieren y asimilan, según un metabolismo que nos es común, con una perseverancia tan grande, tan grande, verdaderamente, cuando se piensa en ella, que resulta tan demostrativa, más demostrativa por sí sola, de nuestra común esperanza que las más famosas de nuestras catedrales.  Y ese enorme canto del rumiar humano cotidianamente empezado, cotidianamente reanudado al amanecer por el camión de la recogida de basuras de la calle, es, quiérase o no, el canto de la irreductible comunidad orgánica de los hombres de mi tiempo. ¡Ah! ¡No hay extranjero ni enemigo que valga, ante el camión de la basura!  Todos son parecidos antes las fauces enormes y magníficas del camión de la basura, todos con estómagos a los ojos del Eterno.  Porque para esas excelentes e inmensas tragaderas, no hay diferencias.  Y a fin de cuentas, ¡oh vecino del cuarto, que tanta ojeriza me tienes!, del mismo modo que el polvo de nuestros cuerpos se mezclará un día, también el hueso de mi chuleta se mezcla sin reparos al de la tuya en el vientre original, en el vientre último de ese excelente camión de basura.
Fragmento: Días enteros en las ramas (1976).

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