miércoles, 11 de junio de 2008

Mi vida con la ola -3-

Foto: Leidi Jorge
Mi vida con la ola
Ultima parte
Cuento Octavio Paz.


Un día no pude mas; eche abajo la puerta y me arroje sobre ellos. Agiles y fantasmales, se me escapaban entre als manos mientras ella reia y me golpeaba hasta derribarme. Senti que me ahogaba. Y cuando estaba a punto de morir, morado ya, me deposito en la orilla y empezo a besarme, y humillado. Y al mismo tiempo la voluptuosidad me hizo cerrar los ojos. Porque su voz era dulce y me hablaba de la muerte deliciosa de loas ahogados.




Cuando volvi en mi, empece a temerla y a odiarla. Tenia descuidados mis asuntos. Empece a frecuentar los amigos y reanude viejas y queridas relaciones. Encontre a una amiga de juventud. Haciendole jurar que me guardaria el secreto, le conte mi vida con la ola. Nada conmueve tanto a las mujeres como la posibildad de salvar a un hombre.




Mi redentora empleo todas sus artes, pero, qué podia una mujer, dueña de un número limitado de almas y cuerpos, frente a mi amiga, siempre cambiante - y siempre identica a si misma en su metamorfosis incesantes? Vino el invierno. El cielo se volvio gris. La niebla cayo sobre la ciudad. Lovia una llovizna helada. Mi amiga gritaba todas las noches. Durante el día se aislaba, quieta y siniestra, mascullando una sola silaba, como una vieja que rezonga en un rincon. Se puso fria; dormir con ella era tirar toda la noche y sentir como se helaba paulatinamente la sangre, los huesos, los pensamientos. Se volvio impenetrable, revuelta. Yo salia con frecuencia y mis ausencias eran cada vez mas prolongadas. Ella, en su rincón, aullaba largamente. Con dientes acerados y lengua corrosiva roia los muros, desmoronaba las paredes. Pasaba las noches en vela, haciendome reproches. Tenía pesadillas, deliraba con el sol, con un gran trozo de hielo, navegando bajo cielos negros en noches largas como meses. Me injuriaba. Maldecía y reía; llenaba la casa de carcajadas y fantasmas. Llamaba a los monstruos de las profundidades, ciegos, rapidos y obtusos. Cargada de electricidad, carbonizaba lo que rozaba. Sus dulces brazos se volvieron cuerdas asperas que me estrangulaban. Y su cuerpo verdoso y elástico, era un látigo implacable, que golpeaba, golpeaba, golpeaba.




Huí. los horribles peces reían con risa feroz. Allà en las montañas, entre los altos pinos y los despeñaderos, respire el aire frio y fino como un pensamiento de libertad. Al cabo de un mes regresé. Estaba decidido. Había hecho tanto frío que encontré sobre el marmol de la chimenea, junto al fuego extinto, una estatua de hielo. No me conmovió su aborrecida belleza. Le eché en un gran saco de lona y salí a la calle, con la dormida a cuestas. En un restaurante de las afueras la vendí a un cnatinero amigo, que inmediantamente empezó a picarla en pequeños trozos, que depositó cuidadosamente en las cubetas donde se enfrían las botellas.

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