jueves, 27 de marzo de 2008

El fin del mundo depende de una tórtola.



Al cabo la altura y el calor del sol nos decían que era hora de almorzar, y volviendo a nuestros olivos nos sentábamos a comer y a beber gaseosa, arrullados por el soñoliento canto de las primeras cigarras del año y el suave cucú interrogante de las tórtolas turcas.

En griego- dijo Teodoro, masticando metódicamente su emparedado- la tórtola turca se llama dekaoctur, sabe, ´´dieciochera´´. Cuenta la leyenda que cuando Jesucristo…hum…subía al Calvario con la cruz a cuestas, un soldado romano, viéndole exhausto, se apiadó de El. A la vera del camino estaba una vieja que vendía…hum…que vendía leche, con que el romano fue y le preguntó que a como vendía la taza. Ella le contesto que a dieciocho monedas. Pero el soldado no tenía mas que diecisiete monedas, pero ella, codiciosa, no quiso bajar de las dieciocho. Conque, cuando Cristo fue crucificado, la vieja quedó convertida en tórtola, y condenada a repetir dekaocto, dekaocto, ´´dieciocho, deciocho´´, hasta el fin de sus días. Si alguna vez consiente en decir deka-epta, diecisiete, recobrará su forma humana. Y si, por empecinamiento, dice deka-ennaea, diecinueve, entonces se acabará el mundo.

Fragmento del libro Bichos y Demás Parientes del naturalista Gerald Durrell.



Gerald Durrell con su compañero de aventuras Roger.

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